viernes, 30 de septiembre de 2011

Acto de contrición

Paseaba sólo por las calles; no porque no tuviese quien lo acompañara, si no porque asi se sentía más seguro.
Y dejaba a sus pies tomar las decisiones: a la izquierda aquí, a la derecha por allá. Más nunca se sorprendía al llegar a su destino, pues por más vueltas que diera al azar y sin pensar, sus pies siempre lo llevaban a donde mismo.

Alguna vez pensó en vendarse los ojos y salir así a caminar, ponerse a prueba y descifrar si era el destino o sus pies quienes le jugaban tan injusta broma. Pero el miedo a ser arrollado por un auto era más grande al malestar que le causaba volver a la casa de su madre, quien como de costumbre le miraba desde la ventana, postrada en su silla de ruedas, inherte.
Una tarde hasta creyó que lo saludó. Pero el recuerdo de la mañana en que la vió sufrir la embolia le hizo desechar la idea, el resonar en su cabeza de esa voz llena de odio, pidiéndole que se largara y no volviera le hicieron dar la vuelta y recoger sus pasos.

Como siempre, como de costumbre.